• Esteban Pérez Bolívar

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Updated: Oct 2, 2020

Estimado visitante, he aquí el inicio del libro que publicaré en octubre, una aventura de submarinos basada en hechos reales. ¡Que lo disfrutes!



LA TARDE DE LOS TORPEDOS


Esteban Pérez Bolívar


PRIMERA PARTE

I

El choque de la ola contra la torreta del submarino perturbó su apacible vaivén. La inquieta agua atlántica se elevó hasta toparse con el deflector que rodeaba la borda del puente de mando. La combinación de su propio ímpetu, el obligado desvío y el viento de poniente atomizaron la líquida onda transformándola en una fina, fría y fastidiosa cortina de espuma que siguió empapando a los tripulantes apostados en la descubierta atalaya.

—¡Eh! ¡Vosotros dos! Mirad también al cielo. No estamos de cacería, nuestro objetivo es introducirnos en el Estrecho de Gibraltar lo más que podamos sin ser vistos —gritó el oficial con gorra oscura al par de marineros con prismáticos—. En lo que veáis algo que remotamente parezca un avión, avisad. Esta zona está abarrotada de biplanos e hidroaviones británicos —agregó regresando al lado del marino que estaba en la parte delantera del puente, escrutando la boca del estrecho con binoculares y gorra blanca.

—Por suerte los primeros son grandes como ballenas voladoras y los segundos vuelan despacio —dijo el oficial de la gorra blanca—. El asunto cambia cuando aparecen Hurricanes o Spitfires…, son pequeños y rápidos como un águila —agregó.

—Esos interceptores no suelen salir de patrulla marítima, comandante —contestó el otro con gran formalidad a pesar de tener el mismo grado, tener casi la misma edad y de no ser costumbre a bordo en el cuerpo de submarinistas de la Marina alemana.

Batidos por ese fresco aire tan ausente dentro del navío, los cinco marinos del puente continuaron absortos en sus tareas, con los dos centinelas buscando barcos o aviones, el sargento de guardia vigilando el desempeño náutico del submarino, el comandante deduciendo la mejor forma de atravesar el embudo que tenía por delante y su ayudante secundándolo, presto a ayudarlo a tomar la mejor decisión.

—Oiga comandante…, ¿no convendría irnos sumergiendo? Los italianos siempre lo cruzan sumergidos —se aventuró a sugerir, otra vez, el que había dado las instrucciones a los vigías.

—Y los alemanes deberíamos cruzarlo en superficie, teniente Franken —fue la parca respuesta.

—Eso lo hizo el U-26 hace mucho tiempo cuando Alemania no pintaba nada en el Mediterráneo— dijo Franken oteando a popa en busca de navíos de la Royal Navy—. La tinta de la declaración de guerra aún no se había secado y los británicos no se lo esperaban. Ya han pasado dos años y esto está más vigilado que la entrada al Palacio de Buckingham —agregó.

—Y no lo haremos segundo comandante. Pierda cuidado, mi intención es tener las baterías lo más llenas posible para el momento en el que necesitemos sumergirnos. Y hablando de eso, pregunte en máquinas cómo va la recarga.

—¡Sí señor! —contestó el asistente acercándose a una bocina de bronce, el inicio de un largo tubo de comunicaciones.

—Permiso para subir al puente —dijeron a coro el par de cabezas asomadas por la redonda abertura del suelo.

—Adelante, suban, relévense rápido —contestó el comandante mirando hacia atrás donde un sol ya bajo en el horizonte se cernía sobre la estela—. Por suerte si alguien nos busca desde levante le será difícil vernos —agregó.

En cuanto dos potentes prismáticos y dos brillantes y húmedos chubasqueros de goma cambiaron de usuario, los vigías sustituidos se zambulleron en el agujero que los conducía a las entrañas del sumergible.

—¡Uf! Menuda pelea han tenido el teniente Tiesenhausen y el teniente Franken —dijo uno de ellos dando una furtiva mirada al círculo azul enmarcado en acero del techo de la torreta.

—¿Pelea? Eso no fue una pelea, acostúmbrate novato —contestó el otro con los músculos del cuello y de los hombros agarrotados por la intensa búsqueda de peligros en medio de la llovizna de espuma—. Por lo que sé uno de los deberes del segundo de a bordo es ser una especie de abogado del diablo que obliga al jefe a pensar en todo.

Mientras tanto arriba, en el puente, el teniente Franken repetía el reporte recibido desde la popa de la nave.

—El teniente Hardenberg informa que la hélice de babor está desacoplada y que está manteniendo la carga con el generador de esa banda, señor.

—¡Faro por la amura de babor! —interrumpió uno de los nuevos vigías.

Dejando colgados de su cuello los prismáticos de siete aumentos Carl Zeiss que tenía en mano, el comandante sacó de un bolsillo de su chaqueta de navegación un tubo corto, grueso y cuya pátina dorada lucía desvaída de lo manoseada que estaba. Aunque, tan pronto como el teniente Tiesenhausen desplegó el catalejo, sus segmentos internos refulgieron como el oro.

Ver a un marino con gorra blanca terciada, cara alargada, frente recta y barbilla prominente con barba de tres días oteando tierra firme con un antiguo telescopio, trajo a la mente de Franken las aventuras de piratas que su abuelo le contaba en su querida y cada vez más lejana Renania del Norte. Incapaz de morderse más la lengua, el oficial dijo:

—Oiga comandante, algún día podría dejarme usar esa reliquia.

—¡Jamás Franken! Esta joya fue hecha hace ciento cincuenta años en San Petersburgo y siempre ha estado en manos de un Tiesenhausen —contestó el jefe haciendo pasar el instrumento bajo su recta nariz como si de un valioso habano se tratara—. Mmm… El faro que despuntó es el del cabo Trafalgar, muy pronto se verá el de Tarifa. Dígale al contramaestre que suba y nos posicione con precisión, ¡rápido! —ordenó cerrando el instrumento con enérgica delicadeza antes de devolverlo al blando marsupio de su bolsillo.

II

—De haber sabido que jamás veríamos la luz del sol no habría dicho que yo era el que cargaba y encendía la caldera de la fábrica de salchichas en la que trabajaba —dijo el marinero rubio enarcando el brazo para evitar ser pellizcado por el bosque de varillas, balancines y resortes móviles que se alzaban sobre el motor Germaniawerft de seis cilindros, el único de los dos que movía el navío en ese momento.

—En la escuela solo te dicen lo bueno de los puestos, lo malo lo averiguas a bordo —contestó el otro fogonero, el moreno, a los gritos para hacerse oír entre tanto estruendo mientras aceitaba las mismas piezas móviles, pero en el motor de la otra banda y que funcionaba a un régimen distinto al del otro lado—. Recuerdo que me dijeron que cuando los demás tiritaran de frío yo me mantendría calentito en la sala de máquinas —agregó.

—Siempre que persigas barcos rusos más arriba de Noruega —dijo el marinero rubio enjugándose el sudor de la frente con su también sudoroso y desnudo antebrazo, el mismo con el que sostenía la aceitera. El movimiento, en vez de provocarle alivio, le indujo un calambre en el brazo, seguido al instante por una contracción de todos los músculos de su mano.

La consecuencia última del involuntario agarrotamiento fue la expulsión de un arco de aceite que, tras viajar de estribor a babor, aterrizó en el cabello, cara y pecho del otro fogonero.

—¡Pero qué haces! —gritó el ungido con los brazos en alto, mirando como el marrón mejunje resbalaba por su blanquísimo, lampiño y desnudo torso—. Y el viaje apenas comienza…, ¡estaré pringado todo un mes! —agregó al tiempo que, adoptando actitud amenazante, giraba la boquilla de su aceitera hacia su compañero de guardia.

—¡No! ¡No lo hagas! —Fue lo único que pudo decir el otro mecánico antes de recibir un certero aceitazo en cara, cuello y pecho.

—¡Rudeck! ¡Bienek! ¡¿Qué demonios estáis haciendo?! —gritó un suboficial surgido de la escotilla trasera del cuarto de máquinas, abertura que comunicaba con el cuarto de propulsión de popa, el nido de los motores eléctricos, aparatos duales que unas veces fungían como generadores y otras como impulsores.

—Ehhh… No sucede nada brigada —contestó, balbuceando, el rubio fogonero—, sin querer aceité a Karl y él, ya sabe usted…

—Así que jugando a batallitas en medio de una navegación peligrosa… ¡Olvidaros de bajar a tierra cuando lleguemos a Grecia! Estáis reportados los dos —sentenció el maquinista jefe—. Seguid aceitando todo lo que veáis moverse sobre mis dos bebés —agregó señalando con la barbilla la miríada de varillas y piezas que, aunque se movían sin parar, siempre se mantenían en el mismo sitio.

Notando una presencia por las vibraciones de la plancha del pasillo que sintió en sus pies, el brigada motorista miró hacia popa, sabedor de que el ingeniero de máquinas se había personado para decirle algo.

—¡Erich!, las baterías están cargadas. Suspende la generación en la línea de babor y engrana todo. Volvemos a propulsión diesel normal —dijo el único tripulante de mayor jerarquía que el brigada en ese pequeño infierno de motores, ruido, humos y calor.

—¡Sí teniente! Acoplaré el eje a la hélice de babor enseguida —repitió el suboficial fundiéndose, después de dar unos cuantos pasos en el atiborrado habitáculo, con un panel de instrumentos.

—Así que vosotros dos os las habéis arreglado para volver a cabrear al brigada —dijo el ingeniero.

—No teniente Hardenberg… Bueno, sí, pero fue un accidente —respondió uno de los interpelados —. Me dio un calambre y rocié a Karl.

—Y luego a ti también te dio un calambre, ¿no? —preguntó el oficial de máquinas.

—No señor, yo sí lo hice aposta —admitió el otro mirándose con rabia su pecho pringado y marrón.

—Dejaros de restregar el aceite, así no os lo quitaréis —dijo el teniente ingeniero notando la incomodidad de sus dos novatos subalternos—. Vi que el cocinero está hirviendo patatas enteras y sin pelar, pedidle esa agua y fregaos con ella, os desengrasará —agregó Hans Hardenberg compartiendo un secreto doméstico cedido por su abuela cuando se enteró de que su nieto, lejos de operar locomotoras como su marido y su hijo, trabajaría en submarinos.

III

—¿Y bien? Ilumínenos Cristóbal Colón —pidió el ansioso comandante al ver que el navegante dejaba de bregar con el compás, la regla y la carta náutica plegada y colocada dentro del sobre transparente que la protegía de las inclemencias del puente descubierto—. ¿Tenemos Mediterráneo a la vista o no lo tenemos? —agregó.

—Estamos justo a poniente de Tarifa a una distancia perfecta para seguir rumbo uno-cero-cero comandante. Eso nos haría atravesar el estrecho de noroeste a sudeste haciéndonos salir pegados a Punta Almina, lejos de Gibraltar —respondió el contramaestre para luego llenar sus pulmones con aire limpio, todo un lujo para alguien obligado a pasar muchos días encerrado en un sumergible.

—¡Timonel! —gritó el teniente de navío Tiesenhausen acercando la boca al tubo de comunicaciones — Cinco grados a estribor, llévelo hasta el uno-cero-cero grados.

—¡Timón cinco a estribor llevando el bote hasta el uno-cero-cero señor! Se escuchó de vuelta por la ancha y dorada bocina.

—¡Blanco por la amura de estribor! Parece uno de esos arrastreros británicos ——se escuchó desde atrás.

El grito del vigía de la derecha hizo converger varias miradas sobre el lejano barcucho que aún conservaba sus altos aparejos de pesca, tramoya que la Royal Navy aprovechaba para tender redes en puertos, barrer minas o transportar el sofisticado sistema ASDIC, el secreto emisor de ondas acústicas submarinas, el gran as en la manga con el que Gran Bretaña había entrado en la guerra.

—Tiene rumbo de interceptación, es como si ya conocieran nuestra cinemática —observó el navegante.

—A mí ningún pesquero con ametralladora me va a impedir que entre en el Mediterráneo, ¡que los servidores del cañón suban a cubierta! ¡Zafarrancho de combate! —espetó el comandante.

—¿No sería mejor sumergirnos y continuar bajo el agua con rumbo uno-cero-cero? —preguntó el segundo comandante al ver como brotaban hombres desde la escotilla de cubierta a popa de la vela, la que estaba sobre la cocina de la nave— Su aviso debe estar haciendo zarpar una docena de buques de Gibraltar —agregó apretando dientes y labios.

—Eso dejaría a nuestro querido Trescientos treinta y uno sin ninguna presa en el Atlántico —masculló Tiesenhausen bufando.

—¿Munición normal o perforante? —preguntó un joven asomado a la escotilla del suelo, miembro de la cadena humana que unía el profundo pañol de municiones con el expuesto cañón de cubierta.

—¡Otro blanco por popa! —gritó un vigía— Parece un destructor con rumbo este y con mucha espuma en la proa.

—Comandante… —dijo el segundo mirando una vez al arrastrero y otra al recién aparecido cazador.

—Está bien Franken, está bien —rezongó Tiesenhausen dando un puñetazo contra la húmeda regala.

—¡Eh! ¡Usted! Devuelva los proyectiles al pañol —ordenó el primer oficial al marinero que seguía asomado en el redondo portillo, el que había preguntado sobre el tipo de munición. Luego, sacando medio cuerpo sobre la borda añadió—¡Artilleros! ¡Regresad dentro!

Con su atención puesta en descubrir peligros adicionales, los vigías no detectaron la aparición de cuatro motas blancas en la proa del destructor. Pero, al igual que todos los que estaban en la cubierta o en el puente, lo que sí notaron fue el creciente crepitar que los proyectiles de 120 mm generaron mientras separaban y aplastaban el aire en su vuelo hacia el submarino.

Las cuatro explosiones junto a igual número de penachos aparecidos momentos después a dos esloras de distancia por popa, materializaron una orden que el comandante ya había decidido impartir:

—¡Alaaaarma!

El potente voceo lanzado contra el redondo agujero de la escotilla dio inicio a una vertiginosa y sincronizada cadena de acontecimientos que ninguna marina del mundo era capaz de igualar.

Aunque el grito había surgido de la garganta del comandante con descomunal fuerza, mucha de su energía fue absorbida por el intrincado interior de la torre de mando. De ahí la razón de que solo una poca llegara al cuarto de control situado dos cubiertas más abajo.

Confiar en que un simple grito recorriera el largo y sinuoso camino desde el exterior hasta los cuartos de torpedos de proa y popa para indicar a medio centenar de tripulantes que debían suspender lo que estuvieran haciendo para ayudar a sumergir la nave, era demasiado. De ahí que el procedimiento contemplara la activación simultánea de un martilleante timbre de campanillas. Ese avisador, y no el grito del comandante, era el verdadero gatillo que activaba la complicada coreografía en la que la Kriegsmarine, la Marina alemana, sobresalía.

Aunque esa inmersión estaba ocurriendo al inicio de la segunda patrulla de combate del U-331, las muchas horas de práctica invertidas frente a Kiel habían amalgamado a la dotación de tal manera que los vigías ya habían retirado los accesorios del puente aún antes de que el jefe del navío hubiera terminado su grito de alarma. Gracias a eso en un puñado de segundos el tubo de comunicaciones de voz había sido cerrado y la ametralladora antiaérea había sido desmontada y guardada en su compartimento estanco, igual que los binoculares del sistema de puntería externo.

Mientras la media docena de tripulantes del puente iniciaba su ordenado frenesí, dos cubiertas más abajo el operador de la estación de lastre y equilibrio giraba cinco ruedas, pero no en orden aleatorio, sino en precisa secuencia, una detrás de otra. Esta acción introdujo agua en varios tanques siendo el primero en recibirla el tanque de lastre número cinco; luego los números dos y cuatro; más tarde el de inmersión rápida y, por último, el tanque número tres. Y, dado que el número cinco estaba cerca de los tubos lanzatorpedos de proa, la punta delantera ganó lastre muy pronto. La pesadez inducida de la proa la bajó primero que la cola, zona ya cargada de por sí debido a sus nada livianos ejes, motores y cajas de acople. Bajar la proa antes que el resto marcó el sentido de la inmersión del navío, inclinándolo por delante y haciendo como si resbalara por un invisible tobogán.

Otro proceso que seguía un riguroso orden era la entrada del grupo externo, el que cumplía turno afuera. El primero en abalanzarse escalerillas abajo -tal y como dictaba el reglamento- fue el suboficial de guardia de puente, en este caso precedido por el navegante, que se había esfumado al escuchar el avistamiento del destructor, adelantándose a una más que segura inmersión. El suboficial de servicio, después de atravesar al vuelo la torre de mando y caer en la sala de control, ocupó el asiento frente al manubrio del hidroplano delantero. El siguiente en bajar fue el vigía de babor, junto al comandante, deteniéndose ambos en la torre de mando, la minúscula cubierta intermedia, su puesto en zafarrancho de combate. Tras ellos, recorriendo como una exhalación dos escalerillas distintas, el vigía de estribor plantó sus posaderas frente al redondo volante del hidroplano de popa, su puesto en esa crucial maniobra. Por último, y con las olas lamiendo la cubierta del puente vista la avanzada inmersión, el oficial de guardia -el teniente Franken en este caso- bajó por la escalerilla, dejando cerrada tras de sí la redonda portezuela externa.

El ingreso del último tripulante vino acompañado por una generosa cascada que salpicó gente e instrumentos tanto en la torre de mando como en la sala de control, situada dos cubiertas más abajo.

—¡Dios santo! La segunda andanada pasó rozando la torreta —dijo Franken sacudiéndose agua y susto a partes iguales al tiempo que confirmaba, con un rápido vistazo al panel de estanqueidad del sumergible, que la luz de la compuerta que apenas había cerrado estuviera encendida.

Pero la escotilla recién clausurada por el primer oficial no era la única tronera cerrada al abandonar la superficie. De haberlo sido el submarino estaría condenado a un incontrolado viaje hacia el fondo. Por esa razón junto al llenado de los cinco tanques de lastre y al despeje del puente varios marineros distribuidos de proa a popa accionaron ruedas o manivelas que obturaron todas y cada una de las aberturas del casco de presión, el tubo de cincuenta metros de largo encajado dentro de la carcasa externa, un cilindro de casi cinco metros de diámetro en forma de puro, diseñado para soportar presiones extremas, robustez que en la práctica permitía al U-331 alcanzar doscientos metros de profundidad sin peligro para su tripulación. Entre los agujeros cerrados con recias válvulas estaban las tomas de ventilación -admisión y evacuación-, las de aire de los motores diesel, las de escape de humos de esos mismos motores y las otras tres escotillas de acceso -las dos de carga de torpedos y la de la cocina- la última de ellas usada por los artilleros durante su brevísima incursión en cubierta.

A escasos veinte segundos desde el toque de alarma, mientras Franken revisaba el tablero de estanqueidad para comprobar las luces avisadoras de clausura de aberturas, lo único que aún estaba fuera del agua era la borda de la torreta del submarino. La gran uña aró la superficie del mar dejando tras de sí un maremágnum de espuma, burbujas rotas y blancos remolinos, un rastro muy conspicuo cuando la inmersión era de emergencia.

Aunque la desaparición había sucedido en apenas medio minuto, el sumergible siguió siendo un hervidero de actividad porque estar a flor de agua era tan peligroso como estar en superficie, sobre todo cuando dos buques enemigos habían presenciado la inmersión.

Si bien llenar en secuencia los tanques de lastre de proa a popa ayudaba a bajar la punta de la nave, esa inclinación no bastaba. Incrementarla era labor del dúo de operadores de los planos delanteros y traseros, superficies similares a las aletas de los peces. Obedeciendo los dictados del teniente Franken el operador del plano de proa torció sus dos aletas hacia abajo mientras que el de popa las movía hacia arriba.

—¡Icen el periscopio! —se escuchó decir al comandante a través de la escotilla situada en el techo de la sala de control.

La escasa profundidad permitió al teniente Tiesenhausen otear la superficie solo un instante después de ordenar subir el instrumento.

—¿Cómo va el viraje? —preguntó el comandante rotando la culata del periscopio al tiempo que mantenía su ojo derecho pegado a ella.

—¡Pasando por el cero-nueve-cinco! —dijo el timonel, que estaba a menos de un metro de él y con las manos sobre dos pulsadores de la torre de mando.

—Bien, no cambiemos el plan, asumiremos rumbo uno-cero-cero. La inmersión nos pilló en pleno giro pero… —se interrumpió Tiesenhausen encuadrando al arrastrero en su campo visual—, el barcucho está virando hacia el estrecho, mejor apuremos el trámite, ¡todos a proa! —agregó.

Cuando los marineros de popa libres de obligaciones atravesaron la sala de máquinas, los dos enormes Germaniawerft de seis cilindros ya estaban desacoplados de los ejes y apagados, tarea que había sido hecha casi al unísono con la orden de inmersión, combinada con la activación del par de motores eléctricos alimentados con la energía proveniente de las baterías, distribuidas en dos zulos situados bajo el sector de suboficiales y el de oficiales.

La dinámica seguidilla de marineros generada por la orden del líder recorrió pasillos, atravesó escotillas y se agolpó en el extremo delantero de la sala de torpedos de proa quedando convertida en un amasijo de cuerpos, brazos, piernas y cabezas. Los casi trescientos kilogramos de humanidad movida hacia delante acentuaron la desviación de la burbuja del inclinómetro situado en el mamparo de la sala de control, por encima del par de volantes que gobernaban los planos horizontales.

—Lo tenemos a treinta grados comandante —dijo el teniente Franken, el supervisor del centro de mando.

El escueto comentario llevaba implícita la advertencia de que, de superarse los treinta y cinco grados de inclinación, el ácido de las baterías rebosaría provocando el envenenamiento del aire en caso de entrar en contacto con agua, peligro del que Tiesenhausen era consciente.

—¡Recibido control! ¡Nivélelo a cincuenta metros! —respondió el comandante.

—¡Recibido torre! Nivelando a cincuenta metros —repitió el primer oficial calculando que, de seguir bajando así, pasarían por esa cota como un yunque a menos que frenaran la caída— ¡Planos al medio! ¡Inundar tanque de lastre número uno! ¡Despejar la proa! Que todos regresen a sus puestos —agregó con la vista fija en la burbuja del inclinómetro y dejando muy poca pausa entre un mandato y el otro.

La entrada de treinta y un mil litros de agua en el tanque situado en el puntiagudo extremo posterior del submarino, unida al aligeramiento de la proa y a la nivelación del doble conjunto de aletas, curvaron hacia arriba la trayectoria subacuática del U-331. Y cuando el cambio horizontalizó la nave, la aguja del redondo medidor de profundidad señalaba el número cincuenta.

—Camarada Franken, lo ha clavado —dijo el ingeniero de máquinas, personado en la sala de control para ejecutar la delicada tarea de equilibrar los pesos—. El cambio de propulsión diesel a eléctrica fue realizado sin novedad —informó.

—Antes de bajar el periscopio vi que esos dos cambiaban de rumbo —gruñó el comandante mientras bajaba la escalerilla que conectaba la torre de mando con la sala central.

Si bien la visión de los buques en superficie copaba sus pensamientos, Tiesenhausen combinó la llegada al centro neurálgico de su nave con un rápido vistazo a los indicadores, costumbre que le permitía comprobar por sí mismo que la inmersión transcurría sin inconvenientes. Finalizada la fugaz revista a diales, agujas y luces, el comandante caminó hacia una redonda abertura encastrada en el mamparo de proa de ese espacio, agujero tras el cual se extendía el sector de oficiales pero que incluía -al lado de la escotilla- un minúsculo habitáculo a estribor lleno de aparatos de comunicaciones con tierra y escucha subacuática más dos operadores.

—¡Hidrofonista! Rastree a esos blancos, tengo un mal presentimiento —dijo metiendo la cabeza por el gran redondel.

—¿Y qué fue lo que vio? —preguntó el ingeniero moviendo válvulas y levas junto a un sargento maquinista.

—Antes de bajar el periscopio vi que el destructor dejaba de disparar y aminoraba la marcha —dijo el comandante desde la zona delantera del recinto.

—Estarán deduciendo nuestro nuevo rumbo. Por suerte estábamos en pleno giro cuando nos sumergimos —dijo el teniente Franken.

—¡Rumbo uno-cero-cero grados! —anunció el timonel que también se había mudado al cuarto de control.

—Recibido —dijo el comandante apoyando de nuevo su antebrazo izquierdo en el quicio de la escotilla para poder asomarse con más comodidad por el redondo agujero—. Hidrofonista…, hábleme, ¿qué tenemos afuera?

La pregunta, muy queda, llegó al marinero a través de su oreja libre, aquella reservada para escuchar a quien necesitara decirle algo. Por la otra, la que estaba cubierta por uno de los dos auriculares de los cascos, oía los sonidos del entorno, señales captadas por cuarenta y ocho micrófonos adosados al casco cerca de la proa. Y a esos ruidos podía dirigir más potencia de escucha moviendo un pequeño volante, técnica que le permitía conocer su dirección de proveniencia mirando un dial circular con varios indicadores móviles que partían de su centro.

—Seguimos con dos barcos, señor. Ambos están a estribor, el pequeño por la amura. Y con el nuevo rumbo el grande quedó en la aleta — informó el escuchante subacuático indicando con su reporte que el arrastrero estaba en un ángulo de cuarenta y cinco grados a la derecha de la proa y el destructor a ciento treinta y cinco grados, en diagonal, también por la derecha y cerca de la popa.

—¿Y caen o ganan marcación? —preguntó el teniente Tiesenhausen ansioso por saber si los barcos se acercaban usando uno de los pocos métodos que la escucha pasiva les brindaba.

—Ni uno ni otro, el ángulo es constante, se nos echan encima —contestó el buscador de ruidos externos moviendo su manubrio para escuchar a ambos enemigos.

—Aprovecharon el llenado de los tanques y el burbujeo para deducir qué dirección asumimos. Parece que su hidrofonista es tan bueno como el nuestro —comentó otro oficial que se había acercado a la puerta de la estación de escucha y transmisiones, situada en la zona de oficiales.

—Puede ser Zurmühlen, puede ser… ¡Franken! Que todos guarden silencio —susurró Tiesenhausen... ¡CONTINUARÁ!


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